
Todos los días temprano a la mañana, maletín en mano, Francisco Guillén toma el subte para ir a dar clases de castellano al Nacional. Baja por las escaleras de Emilio Mitre, enfila para la boletería, saca el pasaje del día (nunca saca abono semanal porque es un hombre que no se fía mucho del destino) y cruza el molinete. En ese momento, entra en el mundo violeta, oculto bajo la calle. Espera el subte en el extremo del andén, para subirse al primer vagón porque disfruta viajar (siempre y cuando sea posible) sentado o en su defecto parado mirando por el ventanal hacia delante, dejando que todo llegue. Patricia seguramente le diría que eso es gesto de ansiedad. “Sos muy joven Francisco, se nota que no podés esperar develar tu futuro.” Pobrecita, si supiera…. pero en fin, Patricia dice tantas cosas en la sala de profesores, ella siempre tan Sigmund, tan Lacan; Mientras él prefiere tomar café y terminar de armar la clase del día, y de tanto en tanto intercambiar algún que otro comentario sobre la fecha del domingo con Petrella, el director.
Desde vaya a saber uno cuando le llama la atención mirar por la Gran Ventana, divisar lo que primero es ese engrudo uniforme y cambalache de colores que metro a metro se va transformando en una boca rosada, una nariz, dos ojos que miran fijo. La perfecta metamorfosis, el paso de lo no conocido a lo por conocer.
El subte se detiene lentamente en Moreno. Abren las puertas y aunque sube mucha gente sólo ella entra al coche realmente. Al pasar por la puerta llena por unos instantes el vagón entero del perfume de la superficie, haciendo de nexo entre el mundo subterráneo y el mundo del sol. Llevaba ese pulóver bordó comprado durante la época en que le había dado la manía de conseguir ropa usada en alguna feria americana de Flores (¿o era en una de Liniers? Bueno, que importaba eso si esa prenda la hacía ver tan linda, tan ella misma). Lentamente pero llena de gracia como una bailarina de ballet, fue girando entre brazos y cabezas y dedos y alientos ajenos, balanceándose de vez en cuando por los pasamanos. Estaba ahí y a la vez no estaba porque sólo Francisco parecía captar su presencia. Se ubicó suavemente en forma oblicua con respecto hacia donde estaba él, contra la puerta y entre una anciana de realmente muy baja estatura, de cara empolvada hasta el barroco y pelo blanco que llevaba colgada una cartera de cuero roja en su hombro derecho y un hombre más bien alto, morrudo, de cara bruta con bigote marrón que hacía juego con su saco y su corbata. Era simpática la imagen que los tres habían creado: una suerte de escalera, dónde no sólo se diferenciaban marcadamente las alturas (ella mediría casi un metro setenta, le calculó Francisco) sino también las franjas de edades y por qué no, las manías de la belleza. Todo este cuadro estaba perfectamente acabado con el mapa de las estaciones de la línea E sobre sus cabezas.
Cuándo quiso darse cuenta estaba completamente volteado hacia su costado, mirándola. Pensó que hacía mucho tiempo que no pasaba eso, tan acostumbrado estaba a viajar siempre mirando hacia delante por el ventanal que la posición le pareció inédita, hasta incómoda, se sintió un poco como un cangrejo, viajando a contramano del subte. Ella estaba entregada a sus pensamientos internos, pensando en el todo y en la nada a la vez, mientras barría el suelo con la mirada, escalaba un poste, atravesaba una de las ventanas y salía a tomar aire al exterior para después sumergirse nuevamente en el coche. Sus ojos encontraban ahora reposo en un pasamano y descendían lentamente por la mano que este contenía. La mano ligeramente morada apretaba con fuerza el pasamanos, aferrándose a el. Los ojos descendieron y se encontraron con una manga de camisa blanca que sobresalía de un saco gris, unos hombros asimétricos. En ese instante sintió al fin sus ojos, sus ojos tan grises como el saco que llevaba puesto. Esos ojos que se sumergían en los suyos sin pedir permiso y la reflejaban. Eran unos ojos-espejo hermosísimos, jamás nadie la había mirado así. Se sintió de pronto presa de tal mirada, sentía que ya no podía escapar, que debía acercarse. Dubitativamente, como cuando una mariposa deja atrás su capullo y se adentra en la vida, caminó hacia él.
Francisco continuaba mirándola, veía como se acercaba lentamente. ¿Qué le diría? No era bueno hablando con las chicas… sería más fácil que ella empezara la conversación. Pero para su desgracia, ella no dijo nada, sólo se paró delante de él, en silencio. En ese momento, el subte se detuvo en Avenida la Plata, y mucha gente subió al coche. Sin querer un hombre chocó contra el brazo de Francisco. Fue ahí cuando aprovechó para iniciar la conversación.
- Bueno, ¿pero a vos te parece viajar tan mal?
- Mirá…hay cosas peores -dijo ella- ¿Nunca te sentaste arriba de un chicle?
Ambos rieron, y a Francisco lo alivió la situación, el hecho de que ella haya roto el hielo con ese chiste.
- Es horrible -continuó la chica- y más si una tiene que llegar presentable a algún lugar, vos sabés por lo visto.
- ¿Vas a trabajar? - preguntó Francisco -
- Qué pregunta. Se podría decir que si, que voy a trabajar. Pero hago mucho más que eso. En realidad, no sé que contestarte. Bueno, mejor te explico: lo que tengo que hacer es llevar todo el día pilas de papeles de acá para allá por todo el microcentro, para cumplir. Ellos me dicen “Llevá estos documentos al banco y que te los sellen y después andá al correo y…” Y es todo mi día así, mi día es un papel sellado automáticamente por una mano automática en un mostrador grasoso de un banco, que después entra en un sobre y va a parar vaya uno a saber dónde, para que otra persona lo verifique y luego mande la correspondiente notificación que el documento llegó sano y salvo.
Francisco notó que al hablar, la chica cada tanto se acomodaba un mechón de pelo oscurísimo detrás de la oreja, gesto que siempre le gustó mucho en las mujeres.
- Pero entonces - dijo Francisco mientras el subte se detenía una vez más, esta vez en Boedo - no hacés nada extraordinario, hacés trabajo de cadetería…
- Sh, sh - lo interrumpió ella - Justamente, lo que hago es hacer extraordinario lo ordinario. Te confieso que no podría trabajar en ningún lado si no llegara a encarar las cosas de la forma en la que lo hago…. Matar la rutina, antes de que ella me lleve a mí, eso es lo que trato de hacer.
- Disculpame… - inquirió dudoso Francisco, y se dio cuenta de que no sabía el nombre de la chica - ¿Cómo te llamás?
- Me llamo como vos quieras, Julián -dijo la chica-
- No, no, pero pará, yo no me llamo Julián, mi nombre es…
- Sh, sh - lo interrumpió ella una vez más, poniéndole suavemente sus dedos sobre sus labios, cosa que hizo sonrojar un poco a Francisco, porque no esperaba esa reacción - No me digas cuál es tu verdadero nombre, porque para mi te llamás Julián. Yo te puse ese nombre desde el momento en que te vi por primera vez, hace un instante.
- Perdoname, pero no entiendo lo que me estás queriendo decir. - dijo Francisco con la mejor cara de confusión -
- Te explico entonces… - en ese momento la chica se le acercó tanto que casi se rozan sus narices (mejillas sonrojadas de Francisco otra vez), y luego de mirar para ambos lados, y tapándose los costados de la boca de la forma en que uno lo hace cada vez que va a decir un secreto, le dijo casi susurrando - Yo juego Julián, todo esto es un juego. -
El tren frenó una vez más, y para sorpresa de Francisco, que con la charla había perdido noción del viaje, ya estaba a la altura de Entre Ríos.
- Mirá, yo no te quiero ofender pero no sé de que me estás hablando… - exclamó Francisco con aire un poco temeroso –
- Bueno Julián, entonces te voy a mostrar. Elegí a cualquier persona de este vagón, dale.
- Pero para que voy a…
- Dale, ¡te pido que elijas a alguien! - se impacientó la chica -
- Bueno… esa señora de allá, - Francisco la señaló disimuladamente con el borde del maletín - la que está sentada al lado de ese muchacho, en el banco que va contra el sentido del subte.
- Ah, si. Esa señora se llama Beatriz - explicó la chica con un tono muy tranquilo - Trabaja en una mercería en Independencia. Tiene 3 hijos, es separada, le gusta el cine italiano, porque le hace acordar a su papá. Sueña con salir de la capital federal, mudarse a la provincia, supongo que a un lugar tranquilo, Haedo o Ramos Mejía, está ahorrando hace años para eso. Se podría decir que, a pesar de todo, es feliz.
- Pero, ¿vos cómo sabés todo eso? ¿La conocés?
- No, Julián, no la conozco. Sencillamente juego a conocerla. Así como también estoy jugando ahora con vos. Lo hago mientras trabajo, con cada persona que me llama la atención. Esto es lo que me entretiene durante mis días, lo que me salva de la rutina, lo que hace que mi trabajo no sea más automático de lo que es. Y, te repito, por un instante pensé que había encontrado un compañero de juego en vos, por la forma en que me miraste, sentí que estabas adivinando todo sobre mí, sentí que de veras estabas bebiendo toda gota de mi ser. Pensé que estabas adivinando mi nombre, mis gustos, mis temores. Pero al parecer no Julián, por lo visto vos no hacés lo mismo…
- ¿Y vos que te imaginaste de mí cuando me viste?
El subte se aproxima a Belgrano. - ¿De verdad lo querés saber? Bueno. Vos te llamás Julián, tenés 25 años. Te fuiste a vivir solo hace poco, y también hace muy poco empezaste a trabajar en un lugar que te gusta mucho. En cuanto a la verdadera vida cotidiana, te ajustás los cordones de los zapatos hasta cortarte la circulación de los pies, por eso los tenés siempre fríos. Dejás sonar el timbre del teléfono 4 veces antes de atender, te afeitás día por medio. Sos de las personas que disimulan las lágrimas en el cine, por miedo a la burla de sus amigos. Preferís el café antes de que el te, el tango antes que el rock and roll. . – ¿Estoy muy errada?
Francisco se hechó a reír, le parecía muy simpática la descripción de la chica.
- En realidad hay varias cosas que acertaste, tengo que reconocer que sos muy perceptiva. Ahora, ¿puedo jugar yo también? ¿Puedo decirte como te veo?
El subte frenó en Belgrano.
- Lo lamento por vos Julián, cuando lograste entender el juego yo ya tengo que bajar. Tengo que entregar estos documentos. Pero seguro nos vamos a volver a encontrar. Yo estoy siempre que vos quieras que esté.
Julián vio bajar a Lucía envuelta en la misma gracia en que la había visto subir unas cuantas estaciones antes. No estaba afligido, sabía que volverían a encontrarse cuando él vuelva a su casa, después de terminar de trabajar.
FIN
Desde vaya a saber uno cuando le llama la atención mirar por la Gran Ventana, divisar lo que primero es ese engrudo uniforme y cambalache de colores que metro a metro se va transformando en una boca rosada, una nariz, dos ojos que miran fijo. La perfecta metamorfosis, el paso de lo no conocido a lo por conocer.
El subte se detiene lentamente en Moreno. Abren las puertas y aunque sube mucha gente sólo ella entra al coche realmente. Al pasar por la puerta llena por unos instantes el vagón entero del perfume de la superficie, haciendo de nexo entre el mundo subterráneo y el mundo del sol. Llevaba ese pulóver bordó comprado durante la época en que le había dado la manía de conseguir ropa usada en alguna feria americana de Flores (¿o era en una de Liniers? Bueno, que importaba eso si esa prenda la hacía ver tan linda, tan ella misma). Lentamente pero llena de gracia como una bailarina de ballet, fue girando entre brazos y cabezas y dedos y alientos ajenos, balanceándose de vez en cuando por los pasamanos. Estaba ahí y a la vez no estaba porque sólo Francisco parecía captar su presencia. Se ubicó suavemente en forma oblicua con respecto hacia donde estaba él, contra la puerta y entre una anciana de realmente muy baja estatura, de cara empolvada hasta el barroco y pelo blanco que llevaba colgada una cartera de cuero roja en su hombro derecho y un hombre más bien alto, morrudo, de cara bruta con bigote marrón que hacía juego con su saco y su corbata. Era simpática la imagen que los tres habían creado: una suerte de escalera, dónde no sólo se diferenciaban marcadamente las alturas (ella mediría casi un metro setenta, le calculó Francisco) sino también las franjas de edades y por qué no, las manías de la belleza. Todo este cuadro estaba perfectamente acabado con el mapa de las estaciones de la línea E sobre sus cabezas.
Cuándo quiso darse cuenta estaba completamente volteado hacia su costado, mirándola. Pensó que hacía mucho tiempo que no pasaba eso, tan acostumbrado estaba a viajar siempre mirando hacia delante por el ventanal que la posición le pareció inédita, hasta incómoda, se sintió un poco como un cangrejo, viajando a contramano del subte. Ella estaba entregada a sus pensamientos internos, pensando en el todo y en la nada a la vez, mientras barría el suelo con la mirada, escalaba un poste, atravesaba una de las ventanas y salía a tomar aire al exterior para después sumergirse nuevamente en el coche. Sus ojos encontraban ahora reposo en un pasamano y descendían lentamente por la mano que este contenía. La mano ligeramente morada apretaba con fuerza el pasamanos, aferrándose a el. Los ojos descendieron y se encontraron con una manga de camisa blanca que sobresalía de un saco gris, unos hombros asimétricos. En ese instante sintió al fin sus ojos, sus ojos tan grises como el saco que llevaba puesto. Esos ojos que se sumergían en los suyos sin pedir permiso y la reflejaban. Eran unos ojos-espejo hermosísimos, jamás nadie la había mirado así. Se sintió de pronto presa de tal mirada, sentía que ya no podía escapar, que debía acercarse. Dubitativamente, como cuando una mariposa deja atrás su capullo y se adentra en la vida, caminó hacia él.
Francisco continuaba mirándola, veía como se acercaba lentamente. ¿Qué le diría? No era bueno hablando con las chicas… sería más fácil que ella empezara la conversación. Pero para su desgracia, ella no dijo nada, sólo se paró delante de él, en silencio. En ese momento, el subte se detuvo en Avenida la Plata, y mucha gente subió al coche. Sin querer un hombre chocó contra el brazo de Francisco. Fue ahí cuando aprovechó para iniciar la conversación.
- Bueno, ¿pero a vos te parece viajar tan mal?
- Mirá…hay cosas peores -dijo ella- ¿Nunca te sentaste arriba de un chicle?
Ambos rieron, y a Francisco lo alivió la situación, el hecho de que ella haya roto el hielo con ese chiste.
- Es horrible -continuó la chica- y más si una tiene que llegar presentable a algún lugar, vos sabés por lo visto.
- ¿Vas a trabajar? - preguntó Francisco -
- Qué pregunta. Se podría decir que si, que voy a trabajar. Pero hago mucho más que eso. En realidad, no sé que contestarte. Bueno, mejor te explico: lo que tengo que hacer es llevar todo el día pilas de papeles de acá para allá por todo el microcentro, para cumplir. Ellos me dicen “Llevá estos documentos al banco y que te los sellen y después andá al correo y…” Y es todo mi día así, mi día es un papel sellado automáticamente por una mano automática en un mostrador grasoso de un banco, que después entra en un sobre y va a parar vaya uno a saber dónde, para que otra persona lo verifique y luego mande la correspondiente notificación que el documento llegó sano y salvo.
Francisco notó que al hablar, la chica cada tanto se acomodaba un mechón de pelo oscurísimo detrás de la oreja, gesto que siempre le gustó mucho en las mujeres.
- Pero entonces - dijo Francisco mientras el subte se detenía una vez más, esta vez en Boedo - no hacés nada extraordinario, hacés trabajo de cadetería…
- Sh, sh - lo interrumpió ella - Justamente, lo que hago es hacer extraordinario lo ordinario. Te confieso que no podría trabajar en ningún lado si no llegara a encarar las cosas de la forma en la que lo hago…. Matar la rutina, antes de que ella me lleve a mí, eso es lo que trato de hacer.
- Disculpame… - inquirió dudoso Francisco, y se dio cuenta de que no sabía el nombre de la chica - ¿Cómo te llamás?
- Me llamo como vos quieras, Julián -dijo la chica-
- No, no, pero pará, yo no me llamo Julián, mi nombre es…
- Sh, sh - lo interrumpió ella una vez más, poniéndole suavemente sus dedos sobre sus labios, cosa que hizo sonrojar un poco a Francisco, porque no esperaba esa reacción - No me digas cuál es tu verdadero nombre, porque para mi te llamás Julián. Yo te puse ese nombre desde el momento en que te vi por primera vez, hace un instante.
- Perdoname, pero no entiendo lo que me estás queriendo decir. - dijo Francisco con la mejor cara de confusión -
- Te explico entonces… - en ese momento la chica se le acercó tanto que casi se rozan sus narices (mejillas sonrojadas de Francisco otra vez), y luego de mirar para ambos lados, y tapándose los costados de la boca de la forma en que uno lo hace cada vez que va a decir un secreto, le dijo casi susurrando - Yo juego Julián, todo esto es un juego. -
El tren frenó una vez más, y para sorpresa de Francisco, que con la charla había perdido noción del viaje, ya estaba a la altura de Entre Ríos.
- Mirá, yo no te quiero ofender pero no sé de que me estás hablando… - exclamó Francisco con aire un poco temeroso –
- Bueno Julián, entonces te voy a mostrar. Elegí a cualquier persona de este vagón, dale.
- Pero para que voy a…
- Dale, ¡te pido que elijas a alguien! - se impacientó la chica -
- Bueno… esa señora de allá, - Francisco la señaló disimuladamente con el borde del maletín - la que está sentada al lado de ese muchacho, en el banco que va contra el sentido del subte.
- Ah, si. Esa señora se llama Beatriz - explicó la chica con un tono muy tranquilo - Trabaja en una mercería en Independencia. Tiene 3 hijos, es separada, le gusta el cine italiano, porque le hace acordar a su papá. Sueña con salir de la capital federal, mudarse a la provincia, supongo que a un lugar tranquilo, Haedo o Ramos Mejía, está ahorrando hace años para eso. Se podría decir que, a pesar de todo, es feliz.
- Pero, ¿vos cómo sabés todo eso? ¿La conocés?
- No, Julián, no la conozco. Sencillamente juego a conocerla. Así como también estoy jugando ahora con vos. Lo hago mientras trabajo, con cada persona que me llama la atención. Esto es lo que me entretiene durante mis días, lo que me salva de la rutina, lo que hace que mi trabajo no sea más automático de lo que es. Y, te repito, por un instante pensé que había encontrado un compañero de juego en vos, por la forma en que me miraste, sentí que estabas adivinando todo sobre mí, sentí que de veras estabas bebiendo toda gota de mi ser. Pensé que estabas adivinando mi nombre, mis gustos, mis temores. Pero al parecer no Julián, por lo visto vos no hacés lo mismo…
- ¿Y vos que te imaginaste de mí cuando me viste?
El subte se aproxima a Belgrano. - ¿De verdad lo querés saber? Bueno. Vos te llamás Julián, tenés 25 años. Te fuiste a vivir solo hace poco, y también hace muy poco empezaste a trabajar en un lugar que te gusta mucho. En cuanto a la verdadera vida cotidiana, te ajustás los cordones de los zapatos hasta cortarte la circulación de los pies, por eso los tenés siempre fríos. Dejás sonar el timbre del teléfono 4 veces antes de atender, te afeitás día por medio. Sos de las personas que disimulan las lágrimas en el cine, por miedo a la burla de sus amigos. Preferís el café antes de que el te, el tango antes que el rock and roll. . – ¿Estoy muy errada?
Francisco se hechó a reír, le parecía muy simpática la descripción de la chica.
- En realidad hay varias cosas que acertaste, tengo que reconocer que sos muy perceptiva. Ahora, ¿puedo jugar yo también? ¿Puedo decirte como te veo?
El subte frenó en Belgrano.
- Lo lamento por vos Julián, cuando lograste entender el juego yo ya tengo que bajar. Tengo que entregar estos documentos. Pero seguro nos vamos a volver a encontrar. Yo estoy siempre que vos quieras que esté.
Julián vio bajar a Lucía envuelta en la misma gracia en que la había visto subir unas cuantas estaciones antes. No estaba afligido, sabía que volverían a encontrarse cuando él vuelva a su casa, después de terminar de trabajar.
FIN
Ulises Di Michele.





