jueves 3 de abril de 2008

"Reencuentro"


Todos los días temprano a la mañana, maletín en mano, Francisco Guillén toma el subte para ir a dar clases de castellano al Nacional. Baja por las escaleras de Emilio Mitre, enfila para la boletería, saca el pasaje del día (nunca saca abono semanal porque es un hombre que no se fía mucho del destino) y cruza el molinete. En ese momento, entra en el mundo violeta, oculto bajo la calle. Espera el subte en el extremo del andén, para subirse al primer vagón porque disfruta viajar (siempre y cuando sea posible) sentado o en su defecto parado mirando por el ventanal hacia delante, dejando que todo llegue. Patricia seguramente le diría que eso es gesto de ansiedad. “Sos muy joven Francisco, se nota que no podés esperar develar tu futuro.” Pobrecita, si supiera…. pero en fin, Patricia dice tantas cosas en la sala de profesores, ella siempre tan Sigmund, tan Lacan; Mientras él prefiere tomar café y terminar de armar la clase del día, y de tanto en tanto intercambiar algún que otro comentario sobre la fecha del domingo con Petrella, el director.
Desde vaya a saber uno cuando le llama la atención mirar por la Gran Ventana, divisar lo que primero es ese engrudo uniforme y cambalache de colores que metro a metro se va transformando en una boca rosada, una nariz, dos ojos que miran fijo. La perfecta metamorfosis, el paso de lo no conocido a lo por conocer.
El subte se detiene lentamente en Moreno. Abren las puertas y aunque sube mucha gente sólo ella entra al coche realmente. Al pasar por la puerta llena por unos instantes el vagón entero del perfume de la superficie, haciendo de nexo entre el mundo subterráneo y el mundo del sol. Llevaba ese pulóver bordó comprado durante la época en que le había dado la manía de conseguir ropa usada en alguna feria americana de Flores (¿o era en una de Liniers? Bueno, que importaba eso si esa prenda la hacía ver tan linda, tan ella misma). Lentamente pero llena de gracia como una bailarina de ballet, fue girando entre brazos y cabezas y dedos y alientos ajenos, balanceándose de vez en cuando por los pasamanos. Estaba ahí y a la vez no estaba porque sólo Francisco parecía captar su presencia. Se ubicó suavemente en forma oblicua con respecto hacia donde estaba él, contra la puerta y entre una anciana de realmente muy baja estatura, de cara empolvada hasta el barroco y pelo blanco que llevaba colgada una cartera de cuero roja en su hombro derecho y un hombre más bien alto, morrudo, de cara bruta con bigote marrón que hacía juego con su saco y su corbata. Era simpática la imagen que los tres habían creado: una suerte de escalera, dónde no sólo se diferenciaban marcadamente las alturas (ella mediría casi un metro setenta, le calculó Francisco) sino también las franjas de edades y por qué no, las manías de la belleza. Todo este cuadro estaba perfectamente acabado con el mapa de las estaciones de la línea E sobre sus cabezas.
Cuándo quiso darse cuenta estaba completamente volteado hacia su costado, mirándola. Pensó que hacía mucho tiempo que no pasaba eso, tan acostumbrado estaba a viajar siempre mirando hacia delante por el ventanal que la posición le pareció inédita, hasta incómoda, se sintió un poco como un cangrejo, viajando a contramano del subte. Ella estaba entregada a sus pensamientos internos, pensando en el todo y en la nada a la vez, mientras barría el suelo con la mirada, escalaba un poste, atravesaba una de las ventanas y salía a tomar aire al exterior para después sumergirse nuevamente en el coche. Sus ojos encontraban ahora reposo en un pasamano y descendían lentamente por la mano que este contenía. La mano ligeramente morada apretaba con fuerza el pasamanos, aferrándose a el. Los ojos descendieron y se encontraron con una manga de camisa blanca que sobresalía de un saco gris, unos hombros asimétricos. En ese instante sintió al fin sus ojos, sus ojos tan grises como el saco que llevaba puesto. Esos ojos que se sumergían en los suyos sin pedir permiso y la reflejaban. Eran unos ojos-espejo hermosísimos, jamás nadie la había mirado así. Se sintió de pronto presa de tal mirada, sentía que ya no podía escapar, que debía acercarse. Dubitativamente, como cuando una mariposa deja atrás su capullo y se adentra en la vida, caminó hacia él.
Francisco continuaba mirándola, veía como se acercaba lentamente. ¿Qué le diría? No era bueno hablando con las chicas… sería más fácil que ella empezara la conversación. Pero para su desgracia, ella no dijo nada, sólo se paró delante de él, en silencio. En ese momento, el subte se detuvo en Avenida la Plata, y mucha gente subió al coche. Sin querer un hombre chocó contra el brazo de Francisco. Fue ahí cuando aprovechó para iniciar la conversación.

- Bueno, ¿pero a vos te parece viajar tan mal?
- Mirá…hay cosas peores -dijo ella- ¿Nunca te sentaste arriba de un chicle?
Ambos rieron, y a Francisco lo alivió la situación, el hecho de que ella haya roto el hielo con ese chiste.
- Es horrible -continuó la chica- y más si una tiene que llegar presentable a algún lugar, vos sabés por lo visto.
- ¿Vas a trabajar? - preguntó Francisco -
- Qué pregunta. Se podría decir que si, que voy a trabajar. Pero hago mucho más que eso. En realidad, no sé que contestarte. Bueno, mejor te explico: lo que tengo que hacer es llevar todo el día pilas de papeles de acá para allá por todo el microcentro, para cumplir. Ellos me dicen “Llevá estos documentos al banco y que te los sellen y después andá al correo y…” Y es todo mi día así, mi día es un papel sellado automáticamente por una mano automática en un mostrador grasoso de un banco, que después entra en un sobre y va a parar vaya uno a saber dónde, para que otra persona lo verifique y luego mande la correspondiente notificación que el documento llegó sano y salvo.
Francisco notó que al hablar, la chica cada tanto se acomodaba un mechón de pelo oscurísimo detrás de la oreja, gesto que siempre le gustó mucho en las mujeres.
- Pero entonces - dijo Francisco mientras el subte se detenía una vez más, esta vez en Boedo - no hacés nada extraordinario, hacés trabajo de cadetería…
- Sh, sh - lo interrumpió ella - Justamente, lo que hago es hacer extraordinario lo ordinario. Te confieso que no podría trabajar en ningún lado si no llegara a encarar las cosas de la forma en la que lo hago…. Matar la rutina, antes de que ella me lleve a mí, eso es lo que trato de hacer.
- Disculpame… - inquirió dudoso Francisco, y se dio cuenta de que no sabía el nombre de la chica - ¿Cómo te llamás?
- Me llamo como vos quieras, Julián -dijo la chica-
- No, no, pero pará, yo no me llamo Julián, mi nombre es…
- Sh, sh - lo interrumpió ella una vez más, poniéndole suavemente sus dedos sobre sus labios, cosa que hizo sonrojar un poco a Francisco, porque no esperaba esa reacción - No me digas cuál es tu verdadero nombre, porque para mi te llamás Julián. Yo te puse ese nombre desde el momento en que te vi por primera vez, hace un instante.
- Perdoname, pero no entiendo lo que me estás queriendo decir. - dijo Francisco con la mejor cara de confusión -
- Te explico entonces… - en ese momento la chica se le acercó tanto que casi se rozan sus narices (mejillas sonrojadas de Francisco otra vez), y luego de mirar para ambos lados, y tapándose los costados de la boca de la forma en que uno lo hace cada vez que va a decir un secreto, le dijo casi susurrando - Yo juego Julián, todo esto es un juego. -
El tren frenó una vez más, y para sorpresa de Francisco, que con la charla había perdido noción del viaje, ya estaba a la altura de Entre Ríos.
- Mirá, yo no te quiero ofender pero no sé de que me estás hablando… - exclamó Francisco con aire un poco temeroso –
- Bueno Julián, entonces te voy a mostrar. Elegí a cualquier persona de este vagón, dale.
- Pero para que voy a…
- Dale, ¡te pido que elijas a alguien! - se impacientó la chica -
- Bueno… esa señora de allá, - Francisco la señaló disimuladamente con el borde del maletín - la que está sentada al lado de ese muchacho, en el banco que va contra el sentido del subte.
- Ah, si. Esa señora se llama Beatriz - explicó la chica con un tono muy tranquilo - Trabaja en una mercería en Independencia. Tiene 3 hijos, es separada, le gusta el cine italiano, porque le hace acordar a su papá. Sueña con salir de la capital federal, mudarse a la provincia, supongo que a un lugar tranquilo, Haedo o Ramos Mejía, está ahorrando hace años para eso. Se podría decir que, a pesar de todo, es feliz.
- Pero, ¿vos cómo sabés todo eso? ¿La conocés?
- No, Julián, no la conozco. Sencillamente juego a conocerla. Así como también estoy jugando ahora con vos. Lo hago mientras trabajo, con cada persona que me llama la atención. Esto es lo que me entretiene durante mis días, lo que me salva de la rutina, lo que hace que mi trabajo no sea más automático de lo que es. Y, te repito, por un instante pensé que había encontrado un compañero de juego en vos, por la forma en que me miraste, sentí que estabas adivinando todo sobre mí, sentí que de veras estabas bebiendo toda gota de mi ser. Pensé que estabas adivinando mi nombre, mis gustos, mis temores. Pero al parecer no Julián, por lo visto vos no hacés lo mismo…
- ¿Y vos que te imaginaste de mí cuando me viste?
El subte se aproxima a Belgrano. - ¿De verdad lo querés saber? Bueno. Vos te llamás Julián, tenés 25 años. Te fuiste a vivir solo hace poco, y también hace muy poco empezaste a trabajar en un lugar que te gusta mucho. En cuanto a la verdadera vida cotidiana, te ajustás los cordones de los zapatos hasta cortarte la circulación de los pies, por eso los tenés siempre fríos. Dejás sonar el timbre del teléfono 4 veces antes de atender, te afeitás día por medio. Sos de las personas que disimulan las lágrimas en el cine, por miedo a la burla de sus amigos. Preferís el café antes de que el te, el tango antes que el rock and roll. . – ¿Estoy muy errada?
Francisco se hechó a reír, le parecía muy simpática la descripción de la chica.
- En realidad hay varias cosas que acertaste, tengo que reconocer que sos muy perceptiva. Ahora, ¿puedo jugar yo también? ¿Puedo decirte como te veo?
El subte frenó en Belgrano.
- Lo lamento por vos Julián, cuando lograste entender el juego yo ya tengo que bajar. Tengo que entregar estos documentos. Pero seguro nos vamos a volver a encontrar. Yo estoy siempre que vos quieras que esté.

Julián vio bajar a Lucía envuelta en la misma gracia en que la había visto subir unas cuantas estaciones antes. No estaba afligido, sabía que volverían a encontrarse cuando él vuelva a su casa, después de terminar de trabajar.

FIN
Ulises Di Michele.

martes 29 de mayo de 2007

Informe sobre ciegos (parte I)



¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intesísismo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además? Recuerdo perfectamente, en cambio, los comienzos de mi investigación sistemática (la otra, la incosciente, acaso la más profunda, ¿cómo puedo saberlo?). Fue un día de verano del año 1947, al pasar frente a la Plaza de Mayo, por la calle San Martín, en la vereda de la Municipalidad. Yo venía bastante abstraído, cuando de pronto oí una campanilla, una campanilla como de alguien que quisiera despertarme de un sueño milenario. Yo caminaba, mientras oía la campanilla que intentaba penetrar en los estratos más profundos de mi conciencia: la oía pero no la escuchaba. Hasta que de pronto aquel sonido tenue pero penetrante y obsesivo pareció tocar alguna zona sensible de mi yo, alguno de esos lugares en que la piel del yo es finísima y de sensibilidad anormal: y desperté sobresaltado, como ante un peligro repentino y perverso, como si en la oscuridad hubiese tocado con mis manos la piel helada de un reptil. Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que vende allí baratijas. Había cesado de tocar su campanilla; como si sólo la hubiese movido para mí, para despertarme de mi insensato sueño, para advertir que mi existencia anterior había terminado como una estúpida etapa preparatoria, y que ahora debía enfrentarme con la realidad. Inmóvil, con su rostro abstracto dirigido hacia mí, y yo paralizado como por una aparición infernal pero frígida, quedamos así durante esos instantes que no forman parte del tiempo si no que dan acceso a la eternidad. Y luego, cuando mi conciencia volvió a entrar en el torrente del tiempo, salí huyendo. De ese modo empezó la etapa final de mi existencia. Comprendí a partir de aquel día que no era posible dejar transcurrir un solo instante más y que debía iniciar ya mismo la exploración de aquel universo tenebroso. Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido. Vigilaba y estudiaba los ciegos, sin embargo. Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía, manera de vivir y condición zoológica. Apenas comenzaba por aquel entonces a esbozar mi hipótesis de la piel fría y ya había sido insultado por carta y de viva voz por miembros de las sociedades vinculadas con el mundo de los ciegos. Y con esa eficacia, rapidez y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte. Cosa que en grado sumo pasa con la secta de los ciegos, que, para mayor desgracia de los inadvertidos, tienen a su servicio hombres y mujeres normales: en parte engañados por la Organización; en parte, como consecuencia de una propaganda sensiblera y demagógica; y, en fin, en buena medida, por temor a los castigos físicos y metafísicos que se murmura reciben los que se atreven a indagar en sus secretos. Castigos que, dicho sea de paso, tuve por aquel entonces la impresión de haber recibido ya parcialmente y la convicción de que los seguiría recibiendo, en forma cada vez más espantosa y sutil; lo que, sin duda a causa de mi orgullo, no tuvo otro resultado que acentuar mi indignación y mi propósito de llevar mis investigaciones hasta las últimas consecuencias. Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaiones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparenta con los animales de sangre fría y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües, alcantarillas, pozos ciegos, grietas profundas, minas abandonadas con silenciosas filtraciones de agua; y algunos, los más poderosos, en enormes cuevas subterráneas, a veces a centerares de metros de profundidad, como se puede deducir de informes equívocos y reticentes de espeleólogos y buscadores de tesoros; lo suficiente claros, sin embargo, para quienes conocen las amenazas que pesan sobre los que intentan violar el gran secreto. Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, aunque estaba convencido de mi teoría, me resistía a verificarla y hasta a enunciarla, porque esos prejuicios sentimentales que son la demagogia de las emociones me impedían atravesar las defensas levantadas por la secta, tanto más impenetrables como más sutiles e invisibles, hechas de consignas aprendidas en las escuelas y los periódicos, respetadas por el gobierno y la policía, propagadas por las instituciones de beneficencia, las señoras y los maestros. Defensas que impiden llegar hasta esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralearse más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad. Muchos años tuvieron que transcurrir para que pudiera sobrepasar las defensas exteriores. Y así, paulatinamente, con una fuerza tan grande y paradojal como la que en las pesadillas nos hacen marchar hacia el horror, fui penetrando en las regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables. Ya contaré cómo alcancé ese pavoroso privilegio y cómo después de años de búsqueda y de amenazas pude entrar en el recinto donde se agita una multitud de seres, de los cuales los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.


de "Sobre héroes y tumbas", de Ernesto Sábato. 1961. ©

miércoles 9 de mayo de 2007

El leñador y Hermes


Esta es una historia que llego a mí de pequeño, en las noches que me costaba dormir, por miedo a los monstruos imaginarios que se escondían entre las sombras de mi cuarto, y a las siluetas que formaban las ropas en las sillas.
Mamá me leía fantásticas fábulas de Esopo, La Fontaine, Iriarte, entre otros.
La siguiente es una de las que más recuerdo, y que invoco cada vez que tengo posibilidad.
Tal vez, muchos ya la conozcan, pero siempre es bueno releerla. Y para los que no la conocen, las comparto con ustedes:

EL LEÑADOR Y HERMES.
(Esopo)

Varios leñadores trabajaban en el bosque. Uno de ellos sintió calor después de un rato de manejar sin descanso el hacha, y se acercó a un río que por allí cerca corría, a fin de refrescarse. Pero el hacha se le cayó al agua y se la llevó la corriente.
Sin ella, el pobre leñador no podría sostener su hogar. Fue tanta su desesperación que las lágrimas corrieron a mares por sus curtidas mejillas.
El dios Hermes lo vio y sintió compasión por el leñador. Se arrojó al río y volvió a aparecer trayendo un hacha de oro.
- “Lloras porque has perdido tu hacha” – le dijo – . “Pero yo la he encontrado. Aquí la tienes”.
Loco de alegría levantó el leñador los ojos, pero en seguida movió la cabeza tristemente.
- “No” – respondió- . “Esa no es mi hacha”.
Hermes volvió a arrojarse al agua. Esta vez regresó con un hacha de plata. Pero el leñador, desilusionado, volvió a repetir con igual firmeza:
- “No, ésa no es mi hacha”.
Por tercera vez se sumergió el dios Hermes en el río. A su regreso trajo entonces el hacha verdadera, la humilde hacha de madera del leñador.
No es fácil contar la alegría que sintió el buen hombre al verla, y con cuánta viveza agradeció a Hermes el habérsela hallado.
Entonces el dios, muy complacido por la honradez del leñador, quiso premiarlo y le regaló también el hacha de oro y el hacha de plata.
El leñador volvió junto a sus compañeros y les contó la maravillosa aventura que había tenido. Uno de ellos se sintió tentado de probar fortuna, y sin decir nada a los demás, se fue a la orilla del río y arrojó su hacha a las aguas.
Luego se sentó y se puso a llorar desconsoladamente.
No tardó en aparecer el dios Hermes.
Entonces el hombre le contó que su hacha se había caído al río. Hermes se arrojó a la corriente y trajo un hacha de oro.
-“¿Es esta tu hacha?” – le preguntó.
- “Oh, sí, sí!” – gritó entusiasmado el hombre-. “Esa es mi hacha!”-
-“Gracias por habérmela devuelto!”-
Pero Hermes, enfurecido al oír su avariciosa mentira, desapareció llevándose el hacha y sin devolverle la suya.
Con lo que el ambicioso se quedó sin nada, regresando al bosque, burlado y arrepentido.


Moraleja: El hombre honesto hallará más fácilmente recompensa a sus esfuerzos que el mentiroso y aprovechado.

Imagen extraída de: www.mtas.es/insht/ergaonline/silv_13.htm

lunes 7 de mayo de 2007

La República del silencio


Jamás fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana.
Habíamos perdido todos nuestros derechos, y ante todo, el de hablar; diariamente nos insultaban en la cara y debíamos callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; por todas partes, en las paredes, en los diarios, en la pantalla, veíamos el inmundo y mustio rostro que nuestros opresores querían darnos a nosotros mismos: a causa de todo ello éramos libres.
Como el veneno nazi se deslizaba hasta nuestros pensamientos, cada pensamiento justo era una conquista; como una policía todopoderosa procuraba constreñirnos al silencio, cada palabra se volvía preciosa como una declaración de principios; como nos perseguían, cada uno de nuestros ademanes tenía el peso de un compromiso.
Las circunstancias a menudo atroces de nuestro combate nos obligaban, en suma, a vivir, sin fingimientos ni velos, aquella situación desgarrada, insostenible, que se llama la condición humana.
El exilio, el cautiverio, la muerte que el hombre enmascara hábilemente en las épocas felices, eran los objetos perpetuos de nuestra preocupación, y sabíamos entonces que no son accidentes que uno pueda evitar, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores, sino que debíamos ver en ellos nuestra suerte, nuestro destino, la fuenta profunda de nuestra realidad de hombres.
Segundo a segundo vivíamos en su plenitud el sentido de esta frase trival: "todos los hombres son mortales". Y la elección que cada uno hacía de sí mismo era auténtica puesto que la realizaba en presencia de la muerte, puesto que ella siempre habría podido expresarse bajo la forma: "antes la muerte que...". Y no me refiero a ese grupo escogido que formaron los verdaderos soldados de la Resistencia, sino a todos los franceses que, a todas horas del día y de la noche y durante cuatro años, dijeron no.
La misma crueldad del enemigo nos llevaba hasta los extremos de nuestra condición, forzándonos a formularnos las preguntas que se suelen eludir en tiempos de paz. Todos aquellos de nosotros -¿y qué francés no se vió, en una oportunidad u otra, en tal caso?- que conocíamos algunos detalles relativos a la Resistencia, nos preguntábamos con angustia: "¿Resistiré si me torturan?" De ese modo quedaba planteada la cuestión de la libertad y nos hallábamos al borde del conocimiento más profundo que el hombre pueda tener de sí mismo. Pues el secreto de un hombre no es su complejo de Edipo o de inferioridad sino el propio límite de su libertad, su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte.
A quienes desarrollaron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha aportaron una nueva experiencia, pues ya no combatían a la luz del sol como soldados sino que, perseguidos en la soledad, arrestados en la soledad, resistían a las torturas en el desamparo y la desnudez más completos: solos y desnudos ante verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poderío social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Y, sin embargo, en lo más profundo de aquella soledad, defendían a los demás, a todos los demás, a todos los camaradas de la Resistencia; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien arrestos. Semejante responsabilidad total en la soledad total, ¿no descubre acaso nuestra libertad? Aquel desamparo, aquella soledad, aquel riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los soldados. Tanto sobre quienes llevaban mensajes cuyo contenido ignoraban como sobre quienes decidían, sobre todos los miembros de la Resistencia pesaba una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo en que haya pareja igualdad de riesgos para el soldado y el general. Por esa razón, precisamente, la Resistencia fué democracia verdadera; tanto para el soldado como para el jefe había el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma libertad absoluta dentro de la disciplina. Así se constituyó, entre las sombras y en medio de sangre, la más fuerte de las Repúblicas.
Cada uno de sus ciudadanos sabía que se debía a todos y que sólo debía contar consigo mismo; cada cual realizaba, en el desamparo más total, su papel histórico.
Cada cual acometía, contra los opresores, la empresa de ser sí mismo irremediablemente y, al elegirse a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos.
Era preciso que cada francés conquistara y afirmara a cada instante contra el nazismo aquella república sin instituciones, sin ejército, sin policía.
Henos aquí ahora frente a otra República: ¿no es deseable que conserve a la luz del sol las austeras virtudes de la República del Silencio y de la Noche?


Jean Paul Sartre,
desde Lettres Francaises, 1944

La casa de mi abuela


QUIZÁS SEA porque era una de las pocas casas que no tiene rejas, quizás sea la pequeña cerca barnizada que antecede a la puerta con su postigo, que hacen de esta vieja casa un objeto irresistible para la mirada de los peatones que recorren
la vereda.
Al mirar la casa uno siente el profundo deseo de entrar. Las paredes blancas, mixadas con ladrillos multicolores y con un amplio sendero de flores son un verdadero deleite de placer para las pupilas, como una postal viviente.
La casa siempre despide una la luz amarilla que se escapa por la ventana de cortinas blancas por la noche, y por la mañana las hermosas notas de Chopin, Mozart o Bach, que danzan desde el tocadiscos rebotando entre las paredes y el techo de la casa inundándolo hasta el más remoto confín, hasta el más pequeño poro del piso con una desbordante y armoniosa paz, nos hacen sentir en un paraíso.
Los cuadros lo miraban a uno como desafiándolo, era imposible no verlos al pasar por el vestíbulo que antecede a la escalera. La escalera era otra de las maravillas de la casa. Parecía infinita, inacabable, cada escalón siempre pulido era como un papel carbónico para las hullas que los pisaban. La escalera era en realidad, como la columna vertebral de la casa. Ella nos transportaba hasta el segundo piso, donde vivía un altillo, un depósito de jardinería perteneciente a mí fallecido abuelo
Las flores, tanto lilas, rosas, como margaritas, nos saludan, entregándose a nosotros con total disposición. Los pájaros, inflexibles, siempre presentes nos marcan con sus cantos el ritmo de la calma. Las camas, tendidas, blancas y blandas, nos hacen sentir que dormimos sobre una nube y nos invitan a desear nunca mas querer despertar. El limonero, imponente, invencible, descansa en el fondo del parque con sus infinitos soles colgando sobre sus dedos.
La casa estaba siempre pura, pues era virgen de la televisión, o de otras perturbaciones materiales. Estaba libre de cualquier misterio, se mostraba tal cual como era, sincera, amigable, hermosa.


Se puede decir que soy un verdadero privilegiado, ya que esta casa pertenece, perteneció y pertenecerá nada mas ni nada menos que a mi abuela, y yo poseo hasta hoy en día, una copia de la llave del templo, ya oxidada por la crueldad del tiempo.
Para alguien que pasa su infancia en la casa de su abuela, y más si tiene los padres separados este lugar es realmente importante. Es la fuente de todos los descubrimientos típicos de la niñez, como “explorar el jardín”, “escapar de las abejas” , “cazar arañas en la terraza” y otras diminutas cosas que son gigantes odiseas para los ojos del pequeño gran mundo de un niño.
En la casa de mi abuela pasé gran parte de mis mejores momentos, las dulces películas con los interminables confites sobre la frazada en el piso, las “carreras” arriesgadas que corría a bordo de la “nave-silla mecedora” en las cueles mi abuela siempre me dejaba ganar.
Esta casa, como ya se habrán dado cuenta, si es que alguien esta leyendo esto, (cosa que lo dudo, porque no creo que la gente pierda el tiempo leyendo la descripción que hace alguien de la casa de su abuela) posee un significado infinito para mí.
Cuando crecí y me volví adulto y dejé de visitar la casa de mi abuela parte de mí quedo aferrada a las habitaciones de la casa. Nunca volví a sentir la sensación incomparable que sentía al recorrer sus pasillos y las habitaciones del hogar. Pero lo curioso es, que increíblemente no se porqué abandoné ese paraíso terrenal, ese refugio de las ilusiones. Sería un acto incomprensible, que un ser humano en perfecto estado de coherencia y salud mental abandone esa casa, reusándose nada más ni nada menos que a la paz infinita creada obviamente, por las cuatro paredes del hogar.

Mi vida fue variando desde ese entonces, las sonrisas ya no fluían con naturalidad como lo hacían cuando me lanzaba sobre los acolchados pastos del jardín, o como cuando la brisa plateada rozaba mi cara arriba, en la terraza.
Soy capaz de asegurar que nunca mas fui feliz.
Ni cuando me case, ni cuando nacieron mis dos hermosas hijas, ni cuando obtuve mi empleo, que dicho sea de paso no conservaría si mi padre no fuera dueño del estudio de grabación.
Crecí, como decía, y se me anexaron a mi vida varias obligaciones, tales como el cuidado de mis hijas, que aunque ellas preferían pasar los domingos con su madre yo las amaba, el trabajo en el estudio de grabación y la búsqueda de una compañera, alguien que supiera brindarles manos de madre a mis niñas.
Pero nada ni nadie me hacia más feliz que la preciosa casa, mi tesoro, mi talismán, mi musa, la fuente de mi felicidad.

Un día decidí harto de todo, regresar. MI abuela debería tener para esa fecha, un nueve de junio, ochenta y nueve años.
Llegue a la cerca de la casa. Era la misma, estaba un poco descuidada, y sofocada por enredaderas en las paredes, pero aun así no perdía su encanto visible.
Saque la llave, aquella llave de mi bolsillo y la mano me tembló. Introduje la llave en la cerradura, que supo ser en su tiempo plateada y este día era gris.
Abrí la puerta, el corazón se me paralizo.
Pregunte, llame, inquirí, pero no obtuve respuesta. No estaba mi abuela, éramos Ella y yo.
La recorrí, suavemente, lentamente, como se disfrutan las grandes cosas.
Busqué la emoción de cada rincón, de cada cuadro, de cada escalón pulido, de cada flor, de cada pájaro, de cada cama tendida, de cada baldosa, de cada segundo de mi infancia pasado en la casa.
Lo que sucedió luego de recorrerla me puso la piel de gallina. No se como decir esto, pero no sentí nada. Nada de nada. No era lo mismo. Si bien era la misma casa, no lo era para mí. Estaba muerta. Era su cuerpo, sí, pero no su alma.
Me arrodille al piso, mi vida ya no tenia sentido sin la casa, lo único que me quería y me quedaba.
De repente un ruido de puerta que se abre resonó en el lugar. Al instante, los cuadros comenzaron a mirarlo todo de nuevo, las flores volvieron a disponerse a abrazarme, los pájaros se acercaron a saludarme nuevamente, las camas me volvieron a invitar a dormir con ellas, Mozart, Bach y los demás tocaron para mí.
Entonces entendí: mi abuela había vuelto a su casa.


Ulises Di Michele.
4 de Agoso de 2006.

viernes 4 de mayo de 2007

El Peatón



Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
Hola, los de adentro les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
¿Qué pasa ahora? les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
Arriba las manos!
Pero...dijo Mead.
¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
¿Su nombre? dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
Leonard Mead dijo.
¡Más alto!
¡Leonard Mead!
¿Ocupación o profesión?
Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
"Sin profesión" dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
"Sí, puede ser así" dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
"Sin profesión" dijo la voz de fonógrafo, siseando. ¿Qué estaba haciendo afuera?
"Caminando"dijo Leonard Mead.
¡Caminando!
Sólo caminando dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
¿Caminando, sólo caminando, caminando?
Sí, señor.
¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
¡Su dirección!
Calle Saint James, once, sur.
¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
Sí.
¿Y tiene usted televisor?
No.
¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
¿Es usted casado, señor Mead?
No.
No es casado, dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
Nadie me quiere, dijo Leonard Mead con una sonrisa.
¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
¿Sólo caminando, señor Mead?
Sí.
Pero no ha dicho para qué.
Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
¿Ha hecho esto a menudo?
Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
Bueno, señor Mead dijo el coche.
¿Eso es todo? preguntó Mead cortésmente.
Sí dijo la voz. Acérquese. Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par. Entre.
Un minuto. ¡No he hecho nada!
Entre.
¡Protesto!
Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... dijo la voz de hierro. Pero...
¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
Mi casa - dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

F I N
Ray Bradbury, desde su libro "Las Doradas Manzanas del Sol"
Año de publicación: 1952

jueves 3 de mayo de 2007

"166"




“Ochenta, por favor”.
Esas quince letras salieron volando de mi boca y entraron en los oídos del chofer, quien a modo de respuesta, presionó el botón que lo esperaba en el tablero, al lado de la palanca de cambios y el volante.

El vehículo estaba a medio llenar, aunque nunca sé con certeza cual es la capacidad de este colectivo, ya que en otras oportunidades tuve que viajar tan cerca del chofer que prácticamente podía ver sus caries tomando el té con facturas en sus muelas.

Caminé dentro del micro, aferrándome a los barrotes de hierro, como hacen los monitos en las lianas de la selva, cual las gotas de agua que luchan por no resbalarse de los techos.

Conseguí asiento entre una señorita delgada, enfundada en ropa de marca, que seguramente venía o se dirigía hacia alguna facultad, a estudiar algo, o a encontrarse con su Donjuán; y entre un hombre morocho, de rasgos hundidos, abrigado con bufanda y polar en la cabeza. Este hombre tenía las manos gastadas, gastadas seguramente de dedicarle horas enteras al trabajo.

Ya, a esta altura, anticipo al 166 de cartel verde que me lleva desde Liniers hasta la esquina de casa, en mi estuario llamado Haedo. Decía que lo anticipo, porque ya conozco todas sus mañas, sus vueltas, sus caprichos.
Se que le gusta pasear por Juan B. Justo para después desembocar en la avenida Gaona, aquella avenida que los sábados a la noche se llena de testosterona, nicotina, malta y ringtones.
Se que le gusta darse una vueltita por la plaza de la Iglesia del Carmen, para pedir por un buen viaje, que el motor no se funda o que no se pinchen las cubiertas.
Se que deja en la estación de Ramos Mejía a sus pasajeros, carga energías y vuelve a abordar la querida Gaona.

Como ya conozco de memoria el viaje, y no debo estar atento a las calles por donde se mete o dónde debo bajar (ustedes deberán saber, soy un completo idiota en materia trayectorias, distancias, kilómetros, sucursales), me doy el lujo de observar a la gente.
Esa gente que es igual a mí, que somos semejantes por el sólo hecho de viajar bajo el mismo techo. Observo a las personas, las pienso, las transfiguro, las saco de escena, las pongo donde quiero, las reinvento, las resignifico, las traslado. Las imagino.

Imagino que sería de esa chica sin su celular, ya que lo mira todo el tiempo, casi en estado de éntasis con él, y el celular le responde cosas lindas en idioma binario, aunque la pobre ingenua ignora que el aparato le dice a todas lo mismo.

Imagino que sería de esa señora sin sus pequeños hijos, a quienes acomoda arriba de ella, y su cuerpo por un instante deja de serlo y se convierte en almohadón para los botijas.




Imagino que sería de ese chico sin su guitarra, que seguro usa para viajar en el tiempo, cabalgando sobre un Fa sostenido ó de un Mi menor.

Imagino… imagino… Caigo. Miro por la ventana. La estación de Haedo.



Aquellas calles, las cuales conocen más las suelas de mis zapatillas que su propia esencia, reciben al cansado 166. Y me reciben a mí también.

Fasola, alta y vieja como siempre, cuna de imborrables recuerdos.
Al pasar por ella, escucho los interminables kirtanas, el dulce sonido de un piano, la exquisitez del aroma a comida preparado con amor y devoción...

Fasola, donde en tu Trébol acuñas gambetas de chicos, y gritos de goles estampados contra las verdes paredes.

Fasola me hace recordar el primer corazón que regale en forma de carta, a aquella mariposa que ya no debe ni acordarse mi nombre…

Fasola me hace acordar a los veranos, esos veranos de moras, de Agustines, de Maxis, de Tatianas, de Brendas, de plazas, de pelotas, de espíritus, de pizzas, de colchones en balcones, de Mocambos. Esos veranos en donde Fun People tocaba sólo para nosotros…

Puedo ver desde esta ventana mi colegio, el San Carlos Borromeo, del cual ahorro tiempo en escribir algo ahora, pues prometo dedicarle un texto quizá más extenso que el que están fotografiando sus pupilas ahora.

En un segundo, el agonizante 166, encara Primera Junta.
Primera Junta: recuerdo cuando era (más) pequeño me parecía que había una distancia abismal entre esta calle y mi casa, sin saber que solo nos separan cinco cuadras.
Terminada su visita a Primera Junta, el micro dobla en Igualdad. Mi calle. Mi casa. Mi cuna de recuerdos. Mi corazón.

Dispuesto a abandonar el 166, que fue mi templo durante los minutos del viaje, me pongo de pie y presiono el botón rojo de la puerta trasera, que emite un sonido que la
mano del colectivero decodifica y hace que me abra la puerta.
El micro me despide con señales de humo.

Piso la tierra. Las rayitas del piso del colectivo se borran de mi suela.
Igualdad y Amado Nervo. La casa de Juan. Ese perro lanudo que me recibe a los ladridos.

Cruzo Amado Nervo. Metros de casa.
El Pochi, Don Juan, Nélida, Carlitos, el taller de los muchachos, Gabriel, los viejitos de al lado.
La número cinco que impacta contra la pared blanca de la casa de Aída, y deja su huella impresa en forma de gajos.
Los tapones de los timbos de un pibito gastándose contra la calle.




…Rejas…
…Puerta…
…Mamá…
…Papá…
…Damián…

Y luego…
El recuerdo de este viaje fallece en el tachito de basura rojo del mostrador de mi pieza,
en forma de boleto.

Ulises Di Michele
24 - 4 - 2006